Ayer domingo, cuando paseaba por la Campana, me llamó la atención una especie de escultura, que en medio de la acera, llamaba la atención de casi todos los transeúntes. Se trataba de una estatua en tamaño real de una africana, que portaba en las espaldas una lavadora. A su lado habían improvisado un stand donde, encima de las recortadas cabezas de los principales dirigentes de los países industrializados, rezaba la siguiente leyenda: “¡SABEMOS QUIÉN SE ESTÁ CARGANDO EL CLIMA! “.
Un nuevo mensaje de alerta sobre nuestra denodada sociedad que se esfuerza cada vez más, sin esfuerzo alguno; en destruir un planeta agonizante y febril. Un planeta que lo tiene todo para vivir feliz, pero en nuestra autoproclamada y empeñada deidad, sólo se nos ocurre buscar otros planetas donde volver a poner el huevo; no vaya ser que este Planeta Tierra decida explotar un día.
En ese esperanzador encuentro Internacional de la Convención Marco de las Naciones Unidas contra el cambio climático, que se celebrará los próximos días entre el 7 y el 18 de diciembre de este mismo año, se reunirán para intentar llegar a un acuerdo sobre el calentamiento global. Para ello, se contará con las buenas intenciones de todos ellos. Pero esto no es suficiente. Y no lo es por una sencilla razón; hay tantos intereses por medio, que se hace impensable que países como China, EEUU, Alemania o Francia pacten un acuerdo para dejar de ganar dinero. Aunque éste fuera por un planeta que se muere bajo sus pies.
Y esto es así, no porque no nos creamos que la Tierra esté herida de muerte, esto lo saben ya desde hace años hasta en el tercer mundo. Es así porque sabemos de sobra que el planeta aguantará, al menos durante nuestra existencia; a nuestros nietos, bisnietos y sobrinos que le den por el culo. Somos tan extremadamente egoístas, que consumimos energía a mansalva sin importarnos nada. Que preferimos despilfarrar nuestros bienes, con el fin de no dejar nada para los demás, acogiéndonos como defensa al dicho popular: “¡Que lo gane él, como lo he ganado yo!”. Que cuando escuchamos que en Etiopía se mueren personas todos los días, provocado por las prolongadas sequías y la falta de agua; seguimos mirando a otra parte. Somos tan egoístas que aún sabiendo que el planeta necesita respirar; seguimos asfixiándolo en pro de nuestro único beneficio.
La vida se abre paso. Es una verdad contrastada que en un entorno donde es propicia cualquier forma de vida; ésta se abre paso. Pero también es verdad que nosotros no somos inmortales, y no me refiero a nosotros como individuo, sino como especie. La especie humana se extinguirá con todos sus aires de grandeza, con todos sus propósitos de enmienda, con sus desaires y con sus milongas de aprendiz de dios. Y se extinguirá porque ha roto una de sus más inquebrantables leyes. Cualquier especie, para no extinguirse, debe evolucionar. Y para evolucionar, el ser vivo tiene que adaptarse a un entorno siempre cambiante. Cualquiera que rompa esta ley está abocado al fracaso y la extinción. Desaparecieron los dinosaurios y dominaron la tierra durante mucho más tiempo que el hombre, por qué no iba a desaparecer el hombre. No hay absolutamente nada que nos haga pensar en nuestra intemporalidad. Y además, estamos constantemente incumpliendo esa ley universal. El ser humano vivió sanamente durante más de ciento veinte mil años; porque se adaptaba al medio ambiente. En los últimos dos mil años no hemos hecho otra cosa que cambiar el medio ambiente para su uso y disfrute; ahora sufrimos las consecuencias con todo tipo de enfermedades, desastres naturales y violencia.
¡Sigamos así! El homo sapiens sapiens se extinguirá, pero la Tierra se repondrá de nuestros daños y otra forma de vida se abrirá paso.
El dieciocho de diciembre de 1942, como bien recoge Laurence Rees en su libro "Auschwitz los nazis y la solución final", en una entrevista privada entre Hitler y el jefe de la SS, Himmler, se habló por primera vez de buscar una solución para exterminar a todos los judíos de Europa. Sería un antecedente fatídico, de esa Solución Final que convirtió a Centroeuropa en un una auténtica fábrica de muerte. Con una imperturbable frialdad, decidieron la muerte de cerca de seis millones de personas. Una cifra escalofriante, que no dudaron en perpetrar con saña y sin la más mínima conciencia.
La Solución Final al tema de los judíos.
La ley antisemita ya estaba teniendo sus primeros frutos y los judíos estaban confinados en guetos. En ellos, su principal preocupación era trabajar. De lo contrario, peligrarían sus vidas.
Pero familias enteras fueron fragmentadas, separando a las parejas, a los hijos de los padres y a los hermanos para rendir más en las improvisadas fábricas, que servían de punto logístico a la guerra impuesta por el Führer.
Pero en cuanto fue impuesta la Solución Final al tema de los judíos, los trenes iban atestados de personas con destino a los campos de concentración o de exterminio. Ahora sí que, cada miembro familiar, tenía que arreglárselas por su cuenta para sobrevivir. Los niños, alertados por compañeros de celda, veían cómo llevaban a sus madres a unas duchas que todos predecían como las duchas de la muerte, pues nunca más volvieron a ver a quienes se duchaban en ellas, según manifestaban los mismos supervivientes de aquel holocausto.
Buscando colectivos para la exterminación
Pero no fueron sólo los judíos el blanco de las salvajadas propiciadas por los nazis. Cualquier miembro de un colectivo que denotara una firme contraposición a la ideología nacionalsocialista, sería también ultrajado y asesinado en aquellos campos de muerte. Gitanos, homosexuales, presos políticos, discapacitados o delincuentes eran sometidos a las mismas vejaciones que los hebreos. Hasta miles de españoles, la mayoría republicanos que habían huido de la Guerra Civil a través de Francia, fueron deportados a un campo de concentración: Mathausen.
Trabajando para los nazis
Según los archivos de la SS, fueron siete mil trescientos españoles los inscritos en Mathausen como colectivo no deseable. Éstos, perdida la Guerra Civil y extenuados por la demoledora contienda, huyeron a Francia mientras se calmaban los ánimos en España. Pero Francia los acogió en campos de trabajo. Cuando Hitler tomó el país galo, los deportó a Alemania como personal de trabajo en Mathausen. Jesús Tello, superviviente de Mathausen, comenta que portaban bloques de granito a la espalda, desde la cantera hasta la ubicación del recinto, teniendo que subir con la piedra más de ciento ochenta escalones.
Formas de matar
Pero esto sólo sería el principio de una larga lista de exterminio y formas de exterminar. Utilizaron celdas de castigo de siete metros cuadrados donde abandonaban a los presos sin agua ni comida. Morían a razón de dos mil personas por semana por inanición. Los flagelaban y les hacían contar los veinticinco latigazos en alemán. Si se equivocaban, comenzaban de nuevo.
Les obligaban a permanecer desnudos en el patio, a menos de veinte grados bajo cero, rociándoles con agua fría durante más de tres horas. Lo utilizaban como experimentos médicos. Los desangraban para utilizar su sangre con los heridos de guerra. Practicaban fusilamientos como parte de una maquiavélica diversión. Los ahorcaban o les tiroteaban masivamente. Los rapaban y les asignaban un número, para que perdieran su personalidad. Los mismos supervivientes cuentan que hasta entre ellos había desconcierto en lo referente a sus identidades, y hasta sentían repugnancia de ellos mismos debido a la decrepitud de sus cuerpos.
El fin de una sádica matanza
La liberación se realizó el cinco de mayo de 1945. Los españoles, que tenían el triángulo azul de los apátridas y una "s" de spanier en el centro. Nunca fueron reconocidos por Franco como españoles. Recibieron a los estadounidenses con una gran pancarta que decía: "Los españoles antifascistas les damos la bienvenida a las fuerzas libertadoras". Gracias a una organización clandestina de españoles que conspiraron contra los nazis y a un fotógrafo llamado Francisco Boix, único testigo en los juicios de Núremberg, fueron ajusticiados algunos de los dirigentes de aquella matanza. Pero todavía viven muchos de aquellos nazis que asesinaron sin piedad ni arrepentimiento.
Este artículo está concebido con el objetivo de hacer memoria de uno de los capítulos más tétricos y salvajes de la historia humana y de la historia moderna, ya que sólo hace sesenta y cuatro años de aquel genocidio. Se debe hacer memoria para que nunca vuelva a repetirse.
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Campo de concentración de Mathausen, publicado en
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Javier Urbaneja de Montenegro. Es necesario el consentimiento expreso de su autor para la publicación o reproducción, parcial o total, a través de medios impresos, online o a través de cualquier otro medio o formato de
Campo de concentración de Mathausen.